Una sombra de cabello enmarañado y ojos pequeños e hinchados la mira desde el espejo. Con un pijama demasiado grande, de pantalones que se le caen, y lleno de pelitos de gato, la mira fijo a los ojos por un par de segundos. Comienza a desvestirse con desgano. De a poco va apareciendo la piel de un cuerpo que no le gusta. Todas las imperfecciones de ese cuerpo que la mira desde el otro lado del espejo, le parecen más evidentes esa mañana. Los pechos pequeños y sin gracia, el abdomen un poco abultado, las piernas largas y delgadas, tenues marcas de piel de naranja y estrías en sus muslos, la piel manchada en la espalda. Mira de reojo, no le gusta lo que ve. Nunca le ha gustado. Esa mañana menos. El tiempo le ha ido jugando malas pasadas a ese cuerpo, se ha puesto más fofo... aunque sabe que puede revertir eso con facilidad... pero siempre se pasa al otro extremo... si no está fofo, está extremadamente flaco. Los pequeños pechos prácticamente desaparecen, las piernas se vuelven angulosas, el trasero se convierte en una cadera huesuda y vacía... Con la piel nada que hacer, nunca ha sido su fuerte, mucho menos desde que sus células decidieron empezar una guerra civil y matarse entre ellas. Suspira, aliviada de que ese espectáculo ahora sólo lo ve ella y ya no lo comparte con nadie. Con ropa, incluso puede gustarle su figura... Mira por última vez el cuerpo desnudo que la mira desde el otro lado del espejo, y se mete a la ducha.
Por las mañanas, parada bajo el agua caliente, despierta, y siente que se saca de encima un poco de la fealdad matutina. Su cara se recompone un poco, su cabello vuelve a su sitio. Es bajo el chorro de agua de la ducha que se dedica un momento del día a pensar sobre su vida, su pasado, su presente y sus proyectos. Reflexiona sobre sí, sobre las cosas que han pasado, como si hiciera un recuento del último capítulo de una teleserie. Le gusta mirar su vida así, como desde fuera, como si fuera una telespectadora de su propia vida. Así las situaciones que como personaje le parecen tristes y dolorosas, como telespectadora es capaz de ver el lado cómico de todo, y se ríe un poco del melodrama y de lo ridículo de alguna de sus penas. Es como si se saliera un momento para pensarse un poquito desde fuera, con la cabeza un poco más fría, como si las cosas no le pasaran a ella. Era un buen método... O al menos eso pensaba ella. Esa mañana era una mañana especial. Bueno, en realidad, lo hubiera sido hace un año atrás. O lo sería hoy si la historia hubiera seguido un desarrollo distinto. Ese día, si todavía estuviera con él, habrían cumplido un año más, y hubiera sido una razón para celebrar. Pero no era el caso, era en términos estrictos un día como todos los demás, a menos que quisiera celebrar su soltería, pero sería raro hacer eso.
Mientras se enjuagaba el cabello, recordaba algunas cosas, como escenas sueltas de una película. Se acordaba de él desnudo, tomándose el pelo, con un cuerpo que no le gustaba del todo. Se acordaba de sus risas. De el despertarse un poquito y acurrucarse a su lado, para seguir dormitando hasta mediodía. Se acordaba de ese tipo de imágenes tiernas, pero no con nostalgia. Eran como escenas de una película. Pero no las sentía como parte de su vida. Si bien un día pensó que no sabría vivir sin él, que no se imaginaba vivir sin él, hoy no se imaginaba vivir con él, no podía creer que alguna vez fue verdad. No sentía que ese pasado fuera de ella, sentía como si todo lo que había pasado le fuera ajeno. No se imaginaba a ella como protagonista de esas escenas, no podía reconocerse en esa faceta. No se imaginaba regaloneando, no se imaginaba haciendo el amor con él, no se imaginaba besándolo, no se imaginaba estando ella sola con él mirándose mutuamente con caras de enamorados, no se imaginaba que él la llamara "pequeña", que le dijera que le gustaban sus pechos, porque cabían perfectamente en su mano. No sentía que fuera ella la que había vivido todo eso. Era como si lo hubiera visto en alguna película, de esas tiernas, románticas y de finales tristes, con colores brillantes y bonitos. Era como si siempre hubiera estado como estaba ahora.
Se envolvió en la toalla, se estrujó el cabello, salió de la ducha y nuevamente se encontró con la sombra que la miraba desde el espejo. La desnudez, era sobre todas las cosas, algo que aumentaba su distancia de aquellos recuerdos. No se imaginaba compartiendo su desnudez. No se imaginaba a otro - ni a él - mirando su piel morena, manchada en la espalda, y marcada por cicatrices y estrías en determinados puntos semiocultos. No se imaginaba compartir el secreto de sus vellos. No se imaginaba que alguien la viera sin nada con que la cubriera, sin algo con lo cual protegerse de las miradas. No se imaginaba sintiéndose cómoda - aunque quizá nunca se sintió tan cómoda - con su desnudez. No se imaginaba alguien que la conociera en todos sus rincones, que conociera todos sus lunares, todas sus marcas, todas sus imperfecciones.
Esa mañana se alegró de descubrir que tenía un nuevo lunar. Siempre se alegraba de esos pequeños descubrimientos, porque sentía que ya él no la conocía completamente, de que no era dueño de su desnudez descubierta, y por lo tanto, ya no le pertenecía, pues manejaba una versión obsoleta. Lo que más odiaba era sentir que alguien en quien ella ya no confiaba la conocía completamente y sabía sus más íntimos secretos. Cuando aparecía un nuevo lunar en su piel, sentía que se iba liberando de esa extraña posesión del otro que implica conocerlo completamente desnudo y hace tantos años. Se liberaba de todas las miradas que había recibido. Con ello se iba alejando más y más de ese recuerdo que ya no sentía como propio. Sentía que no era más la protagonista de esas imágenes, no era la misma. No es que ella hubiera cambiado, era otra. Eso sentía, mientras se ponía crema en las piernas delgadas y largas, y miraba con una pequeña sonrisa el lunarcito café que esa mañana de agosto su piel le había regalado.





































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