No dejaba de ser extraño que en tan poco tiempo se hubiera generado una complicidad entre ellas. La recordaba sentada en el piso, con la cara mirando hacia el suelo, moviendo sus manos como si la complicaran un poco y no supiera cómo ni dónde ponerlas. Una sonrisa triste le iluminaba levemente el rostro. Y mientras hablaba la miraba de vez en cuando con unos ojos huidizos y pudorosos. Relataba historias tan tristes de un pasado remoto, que su sonrisa le parecía inexplicable. Era una sonrisa que llevaba en la comisura de los labios la huella de aquellos tiempos dolorosos, una sonrisa que no era de alegría, sino que de pudor, como si la avergonzara contar lo que por su boca era pronunciado con dificultad, como si las heridas de pasado fueran un error que ella había cometido en sus locuras de adolescencia. Compartían una historia o al menos se parecían en muchos aspectos, aunque la de ella era la más trágica, pero ambas estaban moldeadas de manera similar. Era por ello, quizás, que en tan poco tiempo habían podido hablar de tantas cosas y entenderse, como si se conocieran de toda la vida, como si no fueran más que dos extrañas que se habían conocido en un hostal. Al fin y al cabo, sufrían la misma enfermedad.
miércoles 11 de agosto de 2010
soliloquios de
Daniela Carvajal
time to go
20:51
what the hell?
cuentería barata,
fragmentos huérfanos
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