viernes 23 de julio de 2010

Ella baila apretadito

La música de esa disco de mala muerte a la que la llevaba siempre el Mauro retumbaba en su cabeza a la hora de salir agarrada de la cintura por un macho recio de un metro ochenta, de mecha tiesa y brazotes de orangután. Así le gustaban los minos a ella, musculosos, altos y con pinta de futbolista. Siempre iba a esa disco con el Mauro, su mejor amigo gay, que aprovechaba su trabajo de barman para ligarse a jovencitos, con los cuales se iba al cerrar y haber dejado lavado hasta el último vaso. Mientras, ella, una joven fresca, linda, rubia "natural" y ojos azules (naturales, también, por supuesto), se dedicaba a bailar con desconocidos.

No le faltaban pretendientes. Sus pitillos, su cola bien para', sus presas bien puestas y sus botas blancas, moviéndose al ritmo de la música lasciva que el dj ponía a todo dar, no podían de dejar atraer desde el más desagradable sujeto a los adonis de gimnasio y gel en el cabello. Ella no pescaba a los pequeños babosos y rechonchos, le gustaban los gigantotes, con sus pectorales bien formados y unos brazotes como troncos... sí, esos eran los que le gustaban... Cuando esos se le acercaban, ella se dejaba envolver, tomar, tocar, mirar de arriba a bajo. Su cadera bien pegada al de su compañero de baile, moviéndose en un compás monótono... así se bailaba, como un preludio para lo que vendría después. No siempre derivaba en ese después, pero no dejaba de ser un juego interesante, donde ella probaba, sobre todas las cosas, el poder de sus caderas y los atributos que Dios le había dado (y los que le había permitido adquirir en módicas cuotas con el cirujano). Ella era divina. Así se lo hacían saber los orangutanes con los que le gustaba bailar, perrear.

Eran como las cinco de la mañana, cuando salió de la disco, con uno de esos prototipos de futbolista o modelo de calzoncillo pobretón. Hoy era uno de esos días en que estaba dispuesta a todo. La noche había estado aburrida, el Mauro se había perdido temprano (se había perdido en la cocina con un jovencito que llevaba unas semanas trabajando en la disco), había más de esos oficinistas bajitos y regordetes, y hasta el dj andaba de malas pulgas. De pronto llegó él: 1,85, polera de marca, de bling bling en las orejas, zapatillas nuevecitas de paquete, con olorcito a nuevo todo el pedazo de hombre. Cómo no se le iba a erizar la piel? Si daban ganas de hincarle el colmillo a penas se le acercó, con su olorcito a perfume de imitación (pero de los bueeenos po). El resto de la noche fue bailar con él, sentirlo, a él y a su cuerpo fibroso y aromático. Macho recio. No hubo ni que mediar palabras, y a penas paró la música, él ya la llevaba por la cintura a su auto, que también estaba todo nuevecito. Si el cabro era el ícono de la movilida' social. Eso pensaba ella, mientras se dejaba conducir, tomada de la cintura, y pensaba en que no había tenido tiempo de retocar su maquillaje y que el Mauro no le sopló si estaba bien o se veía como vieja estuca'. Pero ya era tarde. Auto arriba, auto comienza a andar. Aún no amanece, pero ya comienza a haber movimiento en las calles de la ciudad. Se alejan de la disco, se alejan del barrio, el auto dobla a la derecha, luego a la izquierda, mientras en su interior, puro coqueteo y ansiedad, mientras el guapetón se pone un disco de Lucho Jara. Uf, mal paso. No importa, ella sigue en su pose seductora, disimuladamente se arregla el escote, se moja los labios. Llegan a un estacionamiento. Un motel, supone ella.

El galán se baja, le abre la puerta, ella se baja sensualmente (aunque no sabe que en realidad es sobreactuada y que sin la atmósfera de la disco no es nada) . Suben a un ascensor. Piso 16. Aparecen en un pasillo vacío, de un edificio elegaaante. Ella está cada vez más satisfecha con su minito, debe ser un ícono del emprendimiento, el Mauro se morirá de envidia, piensa mientras se deja conducir hasta una puerta blanca con un 1607 dorado en la puerta. Mientras él - nunca le preguntó el nombre - la besa y le dice frases calentonas al oído, ella espera que él saque la llave y abra. La puerta se abre a sus espaldas, y es llevada al interior rápidamente por un galán semijadeante. No ve mucho del departamento, pero es grande, su orgullo por esa conquista crece paso a paso se va internando en el lugar. Su macho recio la empuja a la cama. Se desvisten. El cuerpo de él es magnífico, como un toro bravo que se lanza sobre ella. Follan como si no hubiera un mañana, mientras su pecho se hincha cada vez más de orgullo y se endiosa por su triunfo. Terminan, se abrazan, sus ojos se cierran mirando hacia el velador. Lo último que ve es la fotografía de una familia rubiecita.

De pronto, unos gritos. No sabe ni dónde está. Se le sale el corazón por la boca por el susto. Abre los ojos, ve la fotografía, familia rubia, busca a su adonis, no está en ningún lado. Ella desnuda en la cama, frente a ella hay una pareja que rubia, con un traje de gala, mirándola con estupefacción. Se tapa con la sábanas. No entiende nada. Mira al velador. La fotografía de la familia rubiecita, mira a los que están en frente, son ellos. Tras la cama, muchas más fotografías que antes no había visto. Todas de ellos. Un niño adormecido y en pijama se asoma por la puerta, una señora bajita se lo lleva. El hombre rubio le grita, no entiende lo que le dice. Se para. No entiende nada. Pregunta a la mujer rubia, por su adonis. Ellos están histéricos. De a poco va entendiendo lo que dicen, escucha una palabra que la hace reaccionar: "pacos". Pero aún está muy aturdida para decir algo. La mujer rubia le dice que se vista. Llegan los pacos, ya no le gritan, pero en tono seco le preguntan qué demonios hacía en el departamento de la familia Sierralta. Ella les cuenta la historia de su adonis... los pacos se ríen, le dicen a la pareja rubia que ellos se harán cargo, total no había habido robo, la toman del brazo, y se la llevan, fuera, al pasillo. Bajan por el asensor, salen al hall, afuera está la patrulla, pasan por conserjería... y de reojo... ella ve a su adonis, vestido de guardia, muy sentado, mirando el partido de fútbol de Chile y España, mientras se toma un café y come un sandwich, que le llena de miguitas la solapa. La suben al coche patrulla, le cierran la puerta, el auto parte dejando mucho vapor tras de sí, y el paco delante de ella le dice riéndose "eso te pasa mijita, por bailar apretadito". Las risas siguen, en la radio suena un reggaeton que le encanta, pero ya no tiene ganas de bailar.

1 palabras vagas:

hojita dijo...

jajajajaj notable lo que le dice el paco
bien chantita el minito

 
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