Nunca sabría como es que llegó a tal punto. En qué momento la vida se coló por debajo de la puerta, esa puerta vieja y roñosa que siempre había prometido pintar. Ahora se veía a sí mismo sentado en el sofá, comiéndose las uñas. Sin embargo, él no estaba ahí, en medio de las moscas, no estaba en ese lugar que se había transformado en su propia tumba, lentamente y sin darse cuenta... Siempre estaba en otro sitio, mucho más atrás o mucho más adelante, se transportaba a esos lugares a los que nunca pudo entrar y a los que siempre quiso. Los nominales reinaban su vida, pero en la práctica no había nada/ie. A esos viejos amigos nominativos, ya se había cansado de llamarlos. Y cuando eso sucedió, no hubo nada más que el silencio. Bueno, excepto él. El más desagradable de todos, el más feo, el más gordo, el más sucio, el más hiriente... el más sincero: lizo y llano, ayer, hoy, mañana y siempre... Pensaba a veces, cuando despertaba y cerraba los ojos con fuerza para tratar de aferrarse al sueño, que si algo le sucediera, sólo lo sabrían las paredes de ese lugar, su lugar. No encajaba en ningún lado, también se había aburrido de intentarlo. Los gusanos lo carcomerían, pasarían horas, días, meses, años... habría vuelto al polvo, al aire, a la tierra, habría pasado a ser parte de esa casa, como una termita, como moho, como ese polvo que comienza a pegarse en las paredes y se transforma en sus arrugas. Siempre le decían que tenía que intentar ser menos cerrado, más tolerante, más simpático, más lindo, más flaco, menos sombrío, menos histérico, más gracioso, menos serio, más como los otros: socializar. Para él era chistoso que se lo dijeran, pues llevaba toda su vida, desde que tenía memoria, intentándolo, era su batalla constante, su karma nocturno, la pena del medio día, el llanto de las mañanas... cuando despertaba y habría los ojos y se daba cuenta, de que no había nada/ie, que hasta los nominales habían desaparecido. Después un día se aburrió, pues se dio cuenta, que para ser todo lo que había intentado, tenía que dejar de ser él. Siempre le habían dicho, que se alejara de las cosas que le hacían mal, pero cómo diantres - siempre se preguntaba - cómo diantres se puede uno alejar de sí mismo. No había nadie que le hiciera tanto mal como él mismo. Ni si quiera muriendo, pensaba. Era tan insoportable, que le daban ganas de gritar, y a veces se despertaba con el ventarrón apoderado de su garganta y sus labios en O dirigiendo el vómito de una tristeza profunda, que nada/ie había podido controlar... o querido hacerlo. Siempre le quedó la duda. Odiaba hacerse la víctima consigo mismo, odiaba el mismo. Yo-Yo-Yo-Yo-Yo-Yo, que mismo más antipático. Ya estaba cansado esa mañana, no quería escuchar los murmullos de las moscas burlescas en la pared. Todo le parecía una mueca irónica. Qué patético era, ya lo habían terminado por convencer los muebles, los cojines apelmazados, el polvo de la esquina, el gato contrabandista que se colaba en su cocina de vez en cuando... Conocer más gente, cómo demonios se hace eso... pensaba mientras abría una lata de atún... El don de la palabra nunca había sido lo suyo, el era honesto y no se llenaba la boca de palabras baratas y acarameladas... no sabía de cortesía, manuales de carreño, amores pasajeros, amistades livianas, compañeros de juerga, vidas licenciosas, sexo sin compromiso, ocio destructivo... Su problema siempre fue abordar a la gente, no sabía mentir, así que nunca sabía ningún pretexto para sentarse al lado de alguien y conocerlo. De pequeño había mirado con admiración cómo su abuela le hacía una terapia completa a una señora desconocida que se había sentado junto a ella en la micro. Ella habría sido una excelente antropóloga, inspiraba confianza y la gente se habría como un libro, se dejaba escudriñar sin pudores, armaba sus genealogías, hacía una arqueología de sus penas. Él en cambio era hermético, frío, torpe con los gestos, las sonrisas no se le daban fácil. Se sentía atrapado por su torpeza, por un cuerpo que no se expresaba cuando el quería, cómo quería... nunca fue capaz. Siempre se estaba cuestionando la impresión que estaba provocando en los otros, pensaba que lo mirarían con un frío gélido en los ojos. Se sentía tan pequeño, tan pequeño. Su existencia era tan insignificante, hasta para esa casa lo era, si el moría la casa continuaría en pie, y rápida y traicioneramente recibiría a nuevos huéspedes en sus faldas... Nada/ie. Pero algún día se aburrió, dejó de llamar a los amigos nominales, dejó de tratar de ser amable, de sonreírle a la gente a su al rededor, de ser gracioso, de ser alocado y despreocupado. Se cansó de fingir. Se cansó de intentarlo. Se cansó de escuchar que le dijeran "Tienes que intentarlo". Y así, de a poquito se fue volviendo un capullo, pero aún encerrado en su capullo, estaba atento a los ruidos del exterior, a las luces, a las temperaturas... guardaba la secreta esperanza que alguien volviera y pidiera perdón. Quizá en su próxima vida pensaba... quizá... algún día aprendería a hablar, a no dar su corazón en un segundo, a no querer tanto, a querer como quiere la gente... a veces sí, a veces no. Como cual juguete viejo, él estaba en su lugar, el desván de los recuerdos. Suponía que hay personas que son desechables y a él le había tocado ser uno de ellos... ya estaba podrido, y a las manzanas podridas se las echa a la basura...
jueves 1 de octubre de 2009
The Fool on the Hill
soliloquios de
Daniela Carvajal
time to go
15:01
0
palabras vagas
what the hell?
cuentería barata
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